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21/8/12

El inocente


Abrumado por la exigencia de ser el hijo perfecto, Abel comenzó a mirar con creciente envidia la rebeldía de Caín. Veía a su hermano andar desgreñado, sucio, no admitir ninguna corrección; y algo se iba crispando en su mansedumbre.
Un día, con el pretexto de haber hallado unas setas fabulosas, se lo llevó al campo. Todo fue como lo había planeado. Cogió una piedra, y levantándola contra su hermano, lo mató. Luego cambió sus ropas por las del muerto, desordenó su cabello, y se ungió de polvo y libertad.

2 comentarios:

Mayte Albores dijo...

Qué maravilla, Inés!
Un abrazo.

Inés Ramón dijo...

¡Muchas gracias, Mayte! me alegra conocerte; un abrazo!!