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26/5/14

Texto de la presentación de "Hallarse en la caída", de José Manuel Soriano.


Conocí a Inés hace allá por el año 2002.  Ella iba en busca de alguien que le hablara de sus proyectos literarios.  Tenía una inquietud poco frecuente en estos lugares.  Una inquietud que con el tiempo le llevó a emprender proyectos, talleres, hasta un programa de radio aquí en Alcañiz, donde entrevistaba a poetas aragoneses y más adelante poetas selectos y muy bien considerados dentro del panorama literario español. 
Poco a poco se fue abriendo paso como agitadora y dinamizadora cultural, embarcándose y haciéndonos embarcar en presentaciones,  recitales, entrevistas, creando el ciclo de POESÍA Y MÚSICA, todo fusionado y creado alrededor de una asociación, llamada POIESIS que tantas satisfacciones nos está generando.
Junto a ella hemos conocido a autores que nunca creímos que vendrían a recitarnos aquí y a otros que desconocíamos totalmente que han suscitado y generado una realidad demasiado presente en nosotros. Hemos logrado aunar el interés poético de esta tierra seca y nos hemos dado cuenta que no hay mejor proyecto que el de la ilusión.  De ímpetu aragonés y acento argentino-alcañizano, Inés es una persona fuerte y luchadora a la que tenemos la gran suerte de tener entre nosotros.

La vida respira en mapas de papel del color de los huecos
en la distancia separada por un mar donde flota la memoria
en la búsqueda por conseguir el signo que nos de forma
de la verdadera verdad.

Y en este discurso de jotas disueltas en tangos
en este boceto de poema, donde los versos son troncos
que las olas traen a esta orilla
tus manos vacías sostienen los trozos fragmentados de esa voz
que tiembla tras nombrar
las grietas formadas por todas las palabras
donde habita la luz
la verdadera luz que nos alumbra.

En su primer libro, Un esqueleto cóncavo, Inés nos sorprendió con su especial manera de sopesar el pesimismo, de enraizar en sus metáforas un dolor oculto que necesitaba en cierta manera y ocultándose en ciertas imágines, mostrarse.
Poemas sobre la muerte, la nada, el sinsentido, temas poéticos de especial relevancia en toda la historia de la literatura, particularmente en la contemporáneo, tal y como dijo Joaquín Sánchez Vallés en su presentación  en Zaragoza.
En este primer libro, con una voz firme, para nada inicial, nos habla de errores, y nos concibe a los elementos como materia con voz, hasta acabar con un verso antológico en que nos dice:
“y creer / que germinaba la vida / en mi palabra”.
Por lo general, el poeta (o la poetisa) es una persona inquieta e imaginativa.  Segura de lo que siente pero totalmente insegura a la hora de vivirlo. 
Y detalles como el de la INSEGURIDAD en los poetas se experimentan por ejemplo a la hora de elegir el título de un libro.  Elegir el título de un libro es algo muy difícil, algo que te acompañará toda la vida y que de alguna manera definirá su contenido.    Y siempre dudamos, y siempre creemos que no es el idóneo, pero después, al compararlo, nos entra el recelo de estar en lo cierto.
Y digo todo esto porque Inés, para el presente libro ha elegido el mejor de los títulos que había podido coger.  
Del inicial GRIETAS pasó a LA ERIZADA TERNURA DE LO EFÍMERO, para estar casi segura en A PUNTA DE CUCHILLO y dejarse convencer por el sugerente HALLARSE EN LA CAÍDA.

Hay que aferrarse a la caída para disfrutar de este viaje.

Ya el título es una declaración de intenciones.  Hallarse en la caída.  Hallarse en la caída es encontrarse en lo más hondo que podemos estar, es descubrir la solución a lo que nos hace sufrir, erradicar la ignorancia que nos desprende de nuestra verdad. 
En Hallarse en la caída, todo significado se encierra en la palabra, en su piel, en su gesto, en su instante.  Toda palabra encierra tacto, oído, vista, encierra sabor y olor.  Toda palabra encierra sentidos que los hace propios.
Para Inés Ramón, la palabra se convierte como diría Jesús Jiménez en el asa de las cosas, en la llave del baúl donde todo existe, donde la palabra es algo con sombra, un signo que nombra y que genera una relación casi física.  Aunque se arrebate al mundo su nombre, no dejará de ser lo que es.
Inés nos indica que cada término es un ser y como tal la trata, juega con la percepción del objeto, del verbo, del adjetivo al que sujeta, con el símbolo preconcebido para después ofrecernos un paisaje cuyos personajes son la vida que habita cada palabra.
El interior de las cosas no es el corazón, es su latido.
Hallarse en la caída es un libro reflexivo y duro, donde asomarse al vértigo de los versos  te abre una región donde el silencio es la tierra, donde cada campo es un instante y cada aroma una revelación.  Donde la búsqueda es el guión que da sentido a los días.
Donde la huida es la grieta que forma un camino  donde todo es transparente, donde la voz de la poeta trata de materializar en palabras lo efímero, de caducarse en esa tarea dando prioridad a esa labor porque su verdadero ser depende de ello  -todo poeta huye hasta creer encontrarse.
Hallarse en la caída es un viaje donde se incita una y otra vez al silencio, donde las piedras se convierten en compañeras de viaje y la oscuridad en un trayecto.  A veces, con una sensación de prisa, de celda y de ahogo, aferrando, la autora, de una forma consciente y magistral, la idea de una liberación más grande si cabe llegando desde el pozo a la intemperie.
Es un libro de otoño buscando la luz de primavera, un muro donde engañar al hueco.  La respiración.
Un viaje donde el único propósito es huir de la asfixia, de los miedos a la luz de la vida, es el dibujo de un túnel que en síntesis somos cada uno de nosotros.
La voz del viaje nos dice que no avanzará nuestra sombra sin rozarnos, que ahogará sus pasos en regiones donde no se pronunciará jamás el verbo.  Todo es un espejo
en el que las palabras recogerán nuestros ocasos, nuestros silencios, nuestro abandono, esa inútil apetencia de existir.  Esa herida. 
Presentar un libro no es mostrar, sino vivirlo.
Ya en el  poema XII, Inés nos hace una poética del libro, una declaración de intenciones donde resume lo que quiere decirnos en su recorrido:

Desnudar.
Quitar espinas, máscaras, la música,
la estridencia del pozo, el impulso, la noche
las metáforas,,,
La irrevocable anilla, el húmedo animal, los ojos del murmullo,
la oblicua oscuridad que rasga el faro,
la negación,
la muerte,
el invisible gesto, el relámpago sobre el agua,
la ausencia que se oculta en la llegada,
las huellas de las aspas del molino en el aire.

Volver a desnudar lo que queda tras el signo.

Así es, Inés nos propone desnudar el mundo tras el signo que lo señala.
Así mismo, en el poema XVI nos da el siguiente paso a la confirmación de lo explicado:

XVI
¿Quién corta tiras de papel impreso?
Lenguajes desgarrados, huellas que se encuentran inservibles;
reflejos de un mirar roto.

Y ahí quedan, balanceándose,
jirones de una palabra que ya no sabrá recomponerse.

Herida de palabras, a veces se siente con la boca tapada, un ocaso del que solo alumbra el silencio, y es precisamente allí, donde construye un universo desde ese mutismo:
Repleto de imágenes evocadoras de un universo cada vez con más luz, roza la perfección en versos como “urdid sobre una rosa/ el simulacro / del perfume”, donde nos invita a asomarnos a una ventana con vistas a lo que se oculta mostrando su oquedad.
Nombra lo que se aleja para dejarlo ir para después coser los párpados a la lágrima donde todo lo que no fue nos mira en ese camino angustioso en el que describe la luz como el miedo, temerosa quizás de que la realidad duele y lo que permite seguir existiendo respira en la oscuridad.
Para qué, nos dice Inés, para qué insistir en deshojar el eco de una huella si ya la máscara se ha vuelto carne, si dentro del espejo se aletarga la misma palabra infinitamente hueca.  Para qué, Inés, para qué insistir, tienes razón,  si la realidad solo tiene de real lo que inventamos.
A lo largo del libro existe un empleo de verbos en tiempo subjuntivo, en gerundio  y en futuro levantando original forma de guión, tiempos verbales que conforman un escenario hipotético dentro de una afirmación presente donde gerundio concluye y el futuro niega.
Límite del ser y del lenguaje, lo que nombra se diluye allí donde la plenitud es un cascarón que nos cubre.  El silencio es el límite entre el adentro y el afuera, lo que quedará de todos nosotros cuando no habrá lugar más claro que el olvido.
Hallarse en la caída no intenta atrapar la huida dispersa en la noche, sino descubrir su roce en las pestañas del que lo lee.
Es una sombra que avanza, clavando su aliento en la espalda, para marcharse arrastrando harapos sin dejar rastro mientras la lluvia es una ausencia que acontece bajo la cual, la palma del viento se quedaron dormidos los caminos a los que no pudimos llegar.
Y para sintetizar el libro, en un epílogo impresionante, la voz cultiva grietas para que crezca el miedo como hiedra y compartir, cada uno a su mundo, la vida.
Diré para acabar, que en tu libro, Inés, en tu libro hay presión y mucha, mucha reflexión.  En tu libro ahondar es prepararse para saber, es mirar la luz, tu luz, porque donde hubo una flor, aún palpita y redime el olvido de su fragancia.
Leer tu libro es ir por una senda que sólo tú podrías haber creado donde haces partícipe al lector de una huida hacia los adentros de la palabra, hacia la celebración de atrapar lo invisible entre la soledad,
o como diría el gran Diego Jesús Jiménez, amiga Inés,

en las ruinas
queda una claridad de yeso mordida por la muerte;
caen del tiempo los copos de una ceniza enferma
y en tus ojos,
que celebran lo efímero,
arde la soledad de toda gloria.

No duden en hacer el viaje que les propone esta gran poeta.


José Manuel Soriano Degracia